Desde el arranque, el partido fue intenso y vibrante. Flamengo, empujado por su gente, intentó imponer condiciones con posesión y velocidad, pero Lanús respondió con orden, inteligencia táctica y una notable eficacia en los momentos clave. El trámite fue cambiante, con goles de ambos lados y emociones constantes, reflejo de una final jugada sin especulaciones.
En los 90 minutos reglamentarios, ninguno logró quebrar definitivamente al rival y el desenlace se trasladó al alargue. Allí apareció lo mejor del Granate: temple para soportar la presión, piernas firmes cuando el cansancio apretaba y convicción para ir en busca del golpe final. El gol decisivo desató el silencio en el Maracaná y una explosión de festejos del lado visitante.
Con esta victoria, Lanús alcanzó su cuarta consagración internacional y ratificó una identidad forjada en los últimos años: equipos competitivos, sólidos y capaces de desafiar a cualquiera, incluso en escenarios históricamente adversos. No fue solo un triunfo deportivo, sino una demostración de personalidad y ambición.
El Maracaná, testigo de tantas gestas, sumó una más a su historia. Esta vez, con acento argentino y camiseta granate. Un maracanazo eterno, de esos que trascienden el resultado y se convierten en leyenda.



















