Lo de Huracán fue indefendible. No hay excusas, no hay atenuantes y no hay análisis táctico que maquille una actuación apática, desordenada y carente de personalidad. Estudiantes de Río Cuarto, recién ascendido y todavía acomodándose a la categoría, le dio una lección de compromiso y carácter a un Globo que jugó como si el partido no le importara.
Desde el arranque se vio la diferencia de actitud. Mientras el local corría cada pelota como si fuera la última, Huracán parecía en cámara lenta. Mal parado en defensa, liviano en el mediocampo y totalmente inofensivo en ataque. Bajamich abrió el marcador ante una defensa estática, mirando la jugada en lugar de anticiparla. Nadie cerró, nadie relevó, nadie gritó.
Como si fuera poco, la expulsión de Lescano terminó de desnudar la falta de cabeza del equipo. Una irresponsabilidad que dejó al equipo con uno menos cuando todavía había tiempo para reaccionar. Pero reacción fue lo único que no hubo. Con diez, el equipo no mostró rebeldía, no mostró orgullo, no mostró absolutamente nada.
Alanís sentenció el 2-0 ante una defensa que hizo agua otra vez. Y lo más preocupante no fue el resultado, sino la sensación de fragilidad total: cada ataque rival parecía medio gol. Huracán fue un equipo partido, sin liderazgo, sin ideas y sin alma.




















