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Se coronó en Tokio en 1966 y dos años después decidió dejar la actividad: "Si me retiro ahora, seré campeón mundial por siempre", le dijo a Tito Lectoure.
Deportes14/10/2024
Studio 341 News
Se cumplen dos años desde que Horacio Accavallo, uno de los más grandes exponentes del boxeo argentino, nos dejó físicamente. Sin embargo, su historia sigue resonando con fuerza entre los aficionados. Nacido en el seno de una familia humilde, Accavallo enfrentó una infancia marcada por la dureza de la vida, pero con perseverancia y talento, se consagró campeón mundial.
Accavallo no solo dejó una huella en el ring, sino también en la cultura popular argentina, convirtiéndose en un ícono de lucha y superación. Su legado permanece intacto, recordado tanto por los amantes del deporte como por quienes ven en su vida un ejemplo de tenacidad.
Corría la década del 60. El deporte argentino ya contaba con varias hazañas y unos cuantos ídolos, pero en el boxeo, solo uno había alcanzado la gloria máxima: Pascualito Pérez, campeón mundial de los moscas en 1954. Sin embargo, un hombre estaba a punto de cambiar eso. Entre la perseverancia y el coraje de Horacio Accavallo, y la visión estratégica de Tito Lectoure, quien comenzaba a destacarse como promotor, se gestó una oportunidad única para "Roquiño", como apodaban a Accavallo. El 1° de marzo de 1966, en una inolvidable noche en Tokio, Horacio se consagró campeón mundial al vencer por puntos, después de 15 rounds, al japonés Katsuyoshi Takayama. El mismo escenario donde Pascualito había hecho historia.

Accavallo defendió su título en tres ocasiones antes de colgar los guantes. Aunque quizás no alcanzó la popularidad de otros como Ringo Bonavena o Nicolino Locche, fue un ídolo indiscutido del boxeo argentino. Su llegada a Ezeiza tras la victoria fue un acontecimiento memorable: una multitud salió a recibirlo, y miles se congregaron a lo largo de las avenidas para saludar su paso en caravana desde el aeropuerto hasta el Luna Park, un rito que luego se repetiría con otros grandes del boxeo.
Una semana después, Accavallo fue recibido por el presidente Arturo Illia en la Casa Rosada. Con orgullo, le dijo: “Cumplí, señor Presidente, traje la corona mundial”. El boxeador encarnaba la historia de tantos que, nacidos en la pobreza, encontraron en el boxeo una salida. Hijo de inmigrantes –su padre, Roque, era italiano; su madre, Balbina, española–, siempre recordó las enseñanzas de sus padres: “Me enseñaron que la vida es lucha, que cuando se gana el peso hay que cuidarlo. No sabían leer ni escribir, pero una de las mayores satisfacciones de mi vida fue poder hacerles una casa en Parque Patricios”.

Horacio Accavallo nació el 14 de octubre de 1934 en Villa Diamante, Lanús. Su infancia fue dura: trabajaba como “botellero” y llegó a probar suerte en las inferiores de Racing, aunque debió dejar la escuela primaria para ganarse la vida. En una entrevista confesó: “Yo sabía lo que era la miseria, el hambre, las manos vacías. Por eso intenté abrirme camino, siempre andando derecho y aprendiendo de los errores”. Desde los 9 hasta los 17 años trabajó en un circo, donde fue trapecista y faquir. “Hacía de todo, no había red de protección. Si te equivocabas, terminabas en el piso”, recordaba con humor.

Fue justamente en ese circo donde el boxeo apareció en su vida. En las funciones de matiné, cuando la lluvia o la falta de público amenazaban con suspender el show, alguien del público se animaba a subir al ring y pelear con él. Horacio aprovechó para medir su talento, y pronto se inscribió en un club de boxeo en Villa Diamante.

Tras una carrera en la que viajó solo a Europa, pasando privaciones en España e Italia, Accavallo se consolidó como un boxeador temido. Solo perdió una pelea en ese continente, y su experiencia lo llevó a instalarse en el ranking mundial. Tito Lectoure lo definió como “un boxeador inteligente, un tiempista excepcional que, sin ser un gran pegador, tenía manos picantes. No era elegante, pero se ganó el corazón de la gente por su entrega”.
A su regreso a Argentina, se coronó campeón nacional en lo que él mismo describió como “la pelea más salvaje de mi vida”, el 1° de junio de 1961 en el Luna Park, ante Carlos Rodríguez. Esa noche terminó con 9 puntos de sutura en su ceja izquierda. A partir de ahí, fue imparable.

Tras defender su título en tres oportunidades, en 1967 decidió retirarse. “Tito –le dijo a Lectoure– me cuesta mucho dar el peso, sufro demasiado. No quiero más”. Pese a la insistencia de su promotor, Accavallo fue tajante: “Si me retiro ahora, seré campeón mundial por siempre”. Y así lo hizo, dejando atrás una carrera con 75 victorias, 34 por nocaut, 8 empates y apenas 2 derrotas.
En su vida después del boxeo, Accavallo se dedicó a los negocios. Fue dueño de una mueblería, una confitería en la Costanera y una cadena de artículos deportivos. Nunca olvidó sus orígenes y, en 2001, cuando la crisis económica sacudió al país, acompañó a los cartoneros en la Legislatura, recordando su pasado como “botellero”.

Horacio Accavallo se retiró invicto como campeón mundial, pero su legado en el boxeo argentino permanece intacto. Un luchador dentro y fuera del ring, que siempre mantuvo su humildad y sus raíces.

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